oleaje. Habría sido casi suicida: la turba podría haberse vuelto fácilmente contra ellos. No obstante, quiso gritarle a este hombre desconocido que huyera. Ya era demasiado tarde. Un hombre entre la multitud lo avistó justo cuando Mimi lo vio, justo cuando ella lanzó un pequeño grito de terror. Se elevó el rugido: «¡Ahí va un negro!».
Demasiado tarde vio el negro su peligro. Se dio la vuelta para huir, pero antes de haber avanzado muchas yardas, la jauría se le vino encima. Mimi lo vio golpear, esquivar, intentar eludir a sus atacantes. Fue inútil. Cayó al suelo y un gran bramido de odio, de pasión, de sádica exultación llenó sus oídos mientras moría. Mimi se cubrió los ojos con las manos y se apretó contra Jean al ver las navajas relampagueantes.
Nunca pudo precisar, ni siquiera en sus propios pensamientos, qué le ocurrió en aquel terrible momento. Para ella, antes de aquel temible día, la raza había sido una cuestión relativa, algo que existía pero de lo cual uno no era consciente salvo cuando se lo hacían notar. La muerte ante sus propios ojos de aquel hombre desconocido sacudió de ella toda la apatía del pasado. Cruzaron por su mente en destellos, con letras que le abrasaban el cerebro, las palabras: «¡Yo también soy negra!».
“¡Vamos, Mimi, tenemos que salir de esto!”
Las palabras de Jean hicieron que se descubriera el rostro. De la cercana calle Decatur, arteria de tabernas y figones, de casas de empeño y de huéspedes, de restaurantes baratos y sastrerías, llegó el estrépito de cristales rotos.
«Están entrando a la fuerza en las casas de empeño para conseguir armas», fue la acertada conjetura de Jean. Aquí—allí—en todas partes corrían las turbas vociferantes. Los tranvías eran detenidos, los negros sacados a empujones de ellos, apuñalados, pateados, golpeados hasta la muerte. Se dispararon pocos tiros—las distancias eran demasiado cortas—algún miembro de la turba podía resultar herido.