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XVI

Ella podía soportar la pobreza, el dolor físico. Pero las miradas esquivas de quienes habían sido sus amigos, el giro ostentoso de cabezas cuando pasaba por la calle junto a aquellos con quienes había mantenido una relación de íntima amistad, la muerte repentina de las conversaciones a su paso —que le indicaban, con más claridad que si la información se hubiera gritado a través de un megáfono, que habían estado hablando de ella—, la osadía en los ojos de algunos de los hombres donde antes solo había habido respeto, todo esto y mil pequeñas crueldades más eran las cosas que dolían. Le dolían penosamente, con más dolor que el mero dolor físico. Envidió la calma de su tía, su aceptación filosófica de las costumbres ajenas, fueran estas buenas o malas. Trató de mantener su mente en el flujo reconfortante de palabras con el que la señora Rogers intentaba apuntalar su valor.

«La gente hachismoseado desde el principio de los tiempos y supongo que seguirá haciéndolo hasta que Gabriel toque su trompeta. No sé por qué será, pero hay algo que siempre es verdad: te hacen pedazos no por lo que has hecho, sino por haberte dejado atrapar. Tomemos a algunos de los hombres más importantes de Estados Unidos —hombres que todo el mundo sabe que han robado ferrocarriles y bancos, pero a los que nunca han pillado en el acto—; vaya, son ídolos populares. Hay montones de revistas de gran tirada que llenan sus páginas con historias de cómo estos gigantes han ganado riqueza y fama mediante la “honradez, el trabajo duro, la constancia en el trabajo”. ¡Eso es una patraña! ¿Te acuerdas de la historia de uno de estos hombres “hechos a sí mismos” que le decía a una clase universitaria que su secreto del éxito era “¡arrojo, arrojo y más arrojo!” y del chico irreverente que le preguntó al pomposo sujeto a quién había desplumado? Esa es la verdadera historia de un montón de esta gente a la que no han pillado con las manos en los bolsillos del prójimo».

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