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XVIII

pero siempre temía que no le fueran a gustar los jóvenes del círculo de Sylvia. Como había pasado toda su vida sin saber disimular ni fingir, Mimi estaba segura de que Sylvia notaría cualquier antipatía hacia sus amigos y no quería ese posible distanciamiento entre ellas.

Pero esta no era la razón más profunda de la negativa de Mimi, ni ella misma era consciente de la causa de su abstención de toda relación que no fuera la de su trabajo y la escuela. De niña, Mimi había tenido una belleza frágil y parecida a la de una flor. Las penalidades que había sufrido —las agonías de la carne y del espíritu— no la habían aburguesado ni amargado. En su lugar, le habían conferido un aire de brillantez dura, como la superficie reluciente de la porcelana, hermosa, tentadora pero helada al tacto, y asimismo impenetrable. Los hombres se volvían instintivamente para mirarla de nuevo al cruzarse con ella por la calle. Ella no era ajena, por supuesto, a estas atenciones, ni estas le desagradaban del todo. Pero sus experiencias con los hombres, la desastrosa con Carl, las desagradables en Germantown y Nueva York, la habían vuelto francamente escéptica respecto a los hombres y sus intenciones. El contacto que había tenido con los hombres le producía un rechazo absoluto y se había jurado firmemente concentrarse en su trabajo y en el futuro de Jean, excluyendo cualquier otra cosa. Se reafirmaba en este juramento al comprender que nunca podría renunciar a Jean y que su existencia, junto con la necesidad de explicarla, significaría casi inevitablemente la ruptura de cualquier amistad que pudiera entablar que no fuera de lo más casual.

Así, año tras año, Mimi avanzaba con constancia por el camino que se había trazado. Una a una, las chicas dejaban el taller de Francine, algunas para casarse, otras para trabajar en otra parte, otras porque las despedían. Aún otras, por lo general muy bonitas, que habían trabajado como maniquíes o que de algún otro modo habían entrado en contacto con hombres que acompañaban a las clientas de Francine, se marchaban misteriosamente.

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