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XIII

Les habló a los Manning con total franqueza sobre su situación financiera. Ellos mostraron tal y como disposición a ayudarla que le arrancaron lágrimas de gratitud imposibles de contener. Sus horarios fijos durante los largos meses en que estuvo esperando la llegada de Jean, la disposición que siempre había demostrado para ayudar en cualquier tarea de la casa, su asistencia regular a la iglesia, todo ello se había combinado para hacerla entrañable ante aquella pareja de ancianos que no tenía hijos propios.

“No te preocupes ni lo más mínimo, cariño —le dijo la señora Manning—. Jamás tendrás que preocuparte por el alquiler o la comida; mientras nosotros tengamos algo que comer y un techo bajo el que vivir, tú también lo tendrás”.

Se quedaron en el comedor hasta mucho después de medianoche la noche en que Mimi regresó del campo, ideando medios y maneras para que Mimi ganara de algún modo lo suficiente para suplir las necesidades de ella misma y de «Petit Jean», como llamaba al bebé, para diferenciarlo del Jean que se había ido.

El señor Manning se rascó la cabeza blanca y frunció los labios mientras contemplaba el techo.

«Dices que no te han enseñado ningún oficio, que eres demasiado buena para el servicio doméstico, mju, déjame ver, déjame ve-e-er», hablaba medio para sí, medio para las dos mujeres. Mimi se apresuró a informar de que sabía coser bastante bien. «¿Sabes? ¿Por qué no me habías dicho eso antes? ¡Vaya, eso lo arregla todo! Hablaré con algunos de mis clientes y te conseguiré un montón de trabajo cosiendo por días». Una sonrisa, hermosa por su radiante alegría ante la solución del enojoso problema, iluminó su rostro.

“¿Pero y el bebé?”, preguntó su esposa.

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