sus preocupaciones, pues ellos invariablemente trataban de quitárselas de la cabeza. Pero había escuchado fragmentos de sus conversaciones cuando no sabían que estaba cerca —en la casa pequeña una conversación secreta era sumamente difícil— y había notado pequeños recortes que practicaban, y no por tacañería. Los dos estaban envejeciendo, cada año había menos y menos solicitudes para sus servicios. Personas más jóvenes y progresistas estaban devorando la mayor parte de los trabajos de banquetería. A sus clientes mayores aún los conservaban, pero algunos de estos se estaban muriendo y otros agasajaban menos, pues ellos también estaban envejeciendo. Sus hijos e hijas, que ahora tenían sus propios hogares, acudían a las empresas establecidas donde se podían conseguir efectos más nuevos, frescos y extravagantes que los del viejo estilo que proporcionaban los Manning.
Habiendo sido siempre ahorradores, los Manning habían guardado algo de dinero, pero ellos sabían y Mimi sabía que lo necesitarían todo en los años venideros, cuando hasta el poco trabajo que ahora hacían desapareciera y fueran demasiado mayores para trabajar en absoluto.
Mimi se sentía desgraciada al pensar en esto y le parecía ser una sanguijuela que se alimentaba de los cuerpos de aquellos dos que habían sido tan generosos con ella, una desconocida.
Y este sentimiento de culpa se acrecentaba cuando pensaba, como lo hacía a menudo, que había comido de su pan bajo falsa apariencia. La señora Manning bien podría haber aplicado hierros ardientes en la carne de Mimi sin saberlo que haber mencionado al «difunto esposo» de Mimi. Jamás hubo malicia o curiosidad en su voz, y esa falta de sospecha lastimaba a Mimi mil veces más que las acusaciones y las recriminaciones.
“¡Si tu pobre esposo hubiera vivido para ver al bebé!” o “¿El niño se parece a ti o a tu esposo?”, solía decir con dulzura, y sus inocentes palabras hacían que Mimi se sintiera como el destilado de todos los Judas