guardias que gritaban órdenes entrecortadas o lanzaban maldiciones secas cuando alguno de los presidiarios aflojaba o parecía aflojar en su labor, ya no existían. Empezó a comprender aquello que Carl le había dicho sobre el «supralma» que poseía el negro. …
—Mira a toda esta gente de color a tu alrededor —le había dicho ella—, la mayoría pobres, teniendo que trabajar como perros por un sueldo de miseria, privados prácticamente de cualquier vía de escape normal para divertirse. ¿Están deprimidos, morbosos, amargados? ¡Ni hablar! Saben encontrar diversión donde nadie más puede. Pero mira a los blancos que están igual de mal económicamente; están cascarrabias y malhumorados, odiando a todo el mundo sobre la tierra y a sí mismos por encima de todo, aunque no se den cuenta.
Mimi podía ver, aunque todavía con cierta dificultad, exactamente a qué se refería Carl. Se preguntó si, de encontrarse en una situación tan apurada como la de estos convictos, habría tenido el valor de cantar. Temía no haber sido tan optimista; dudaba de que hubiera podido usar el canto ni siquiera como un opiáceo para olvidar las duras circunstancias como lo estaban haciendo estos hombres. Se maravillaba de su fortaleza de carácter, que parecía ser una característica racial, que les hacía capaces de vivir en medio de una civilización altamente mecanizada, disfrutar de sus indudables ventajas y, sin embargo, mantener libre esa distinción individual y racial que no permitía la rendición de la individualidad ante la máquina.
En la esclavitud los había salvado de ser aplastados y exterminados como la opresión había hecho con el indio. En la libertad los había salvado de convertirse en meros engranajes de una máquina elaboradamente organizada. Algunos lo llamaban holgazanería, pereza, inferioridad racial innata. La propia Mimi a veces había escuchado estas acusaciones y con