Gira que te gira, retorciéndose, el negro hundió la navaja hasta el mango en el pecho de su perseguidor, quien jadeó, gimió y se desplomó grotescamente en el suelo. Sin detenerse, el negro dobló hacia Auburn Avenue y pronto se perdió entre sus sombras. …
La turba se precipitó, se aglomeró en torno a la víctima, miró indecisa calle abajo por donde el negro había huido, discutió y votó en contra de seguirlo, ya que la calle conducía al barrio de negros. Se alzó un grito. Otra víctima había sido avistada. Allá se fue a toda carrera, con su grito de muerte de nuevo a todo volumen. Calle abajo y hacia su casa corrieron Jean y Mimi, debilitadas por el pánico y el horror de las escenas que habían presenciado. …
Todo el domingo y el lunes los tres permanecieron en casa. Les llegaban noticias de cruentos combates en el sur de Atlanta, de negros desesperados que luchaban con valentía y éxito para contener a las turbas, de la llegada de las tropas. El espantoso episodio terminó; lentamente la ciudad volvió a la normalidad.
A Mimi le sobrevenía, cada vez que lo recordaba, un terror gélido que rozaba la inconsciencia. En las horas silenciosas de la noche se despertaba de un sueño profundo gritando de pavor, el cual se transformaba al despertar en sollozos histéricos hasta que Jean acudía a ella y la consolaba. La cura que solo el tiempo aporta mitigó sus espasmos, pero pasaron muchos días antes de que pudiera volver a sonreír.