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VII

sujetas a los tobillos mediante pesadas cadenas, estaban destrozando la calle con golpes sincronizados de sus picos. Arriba y abajo de las aceras caminaban los guardias, con escopetas recortadas sobre los hombros. * Uno de ellos era un tipo corpulento de hombros encorvados, sin afeitar, con la boca manchada por el tabaco que masticaba constantemente. * Otro era de complexión más baja y robusta, igualmente sin afeitar y manchado de tabaco, a quien le faltaba un ojo; la cuenca vacía estaba tan encogida que le daba a su rostro un aspecto curiosamente desequilibrado

Arriba y abajo desfilaban los guardias, manteniendo una mirada siempre vigilante sobre sus prisioneros, los cuales trabajaban y cantaban, aparentemente en dichosa ignorancia de los guardias, de las fatigas o de cualquier cosa externa.

De vez en cuando, alguno se detenía a beber un trago de agua que le llevaba un joven negro increíblemente andrajoso que casi todo el tiempo andaba jugando cuando más se le necesitaba. El sediento se demoraba, inventaba toda clase de ingeniosos métodos para retrasarse, tardaba todo lo posible en calmar su sed.

Si la operación consumía demasiado tiempo, surgía una advertencia de uno de los guardias, ominosa, amenazante, pero sacudida con tanta ligereza como el agua del proverbial pato.

Los presidiarios eran de todos los tonos, tamaños y formas. Con sus torpes atuendos hacían un grupo ridículo y mal avenido. Había algunos con la mirada huidiza y errante de los tramposos. Otros llevaban en el rostro el sello del criminal de tipo peligroso. Las caras de unos cuantos llevaban cicatrices lívidas de diversa longitud, adquiridas en reyertas desesperadas a cuchilladas.

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