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IX

Los soles abrasadores de agosto y septiembre se templaron en la neblina dorada del veranillo de San Martín, pero sus bellezas aportaron poca felicidad a tres jóvenes de Atlanta.

Hilda había escuchado con agradecimiento bañado en lágrimas el relato que Mimi le hizo de su charla con Carl. Esperanzada, había aguardado alguna señal de interés, alguna palabra, algún gesto por parte de Carl, pero los días se sucedían y seguía esperando en vano.

Lánguidamente se preparó para el inicio de las clases, momento en el que comenzaría su carrera como maestra, el interludio habitual entre los días de estudiante y el matrimonio para aquellas jóvenes a quienes la costumbre prohibía dedicarse a cualquier otra profesión.

Hilda atravesó diversas etapas de esperanza, de desesperación, de furia contra sí misma, contra Mimi, contra Carl. A veces seconsolaba pensando que todos los asuntos de esa índole llevaban tiempo, que solo tenía que esperar y entonces sus propias virtudes se harían tan evidentes que Carl comprendería lo conveniente que le resultaría aprovechar la brecha que ella había abierto mediante la intercesión de Mimi.

En otros momentos se denigraba a sí misma tachándose de marimacho, de criatura descarada, de persona sin vergüenza. Su charla con Mimi adquirió proporciones gigantescas como un desnudamiento de todo su ser interior, exhibiendo descaradamente su afecto por un muchacho que no valía el sacrificio. Se fustigaba con toda la crueldad de algún fanático, enloquecido por el fervor religioso, que se somete a toda clase de barbaries.

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