De repente, una de las chicas, bonita de un modo un tanto basto, se desplomó sobre la mesa. Dos de los hombres la sacaron apresuradamente en brazos.
“Se desmayó”, comentó Bert con frialdad. “Demasiado licor malo”.
La orquesta seguía tocando.
“Es curioso con estos negros”, continuó Bert. “Nunca parecen desvanecerse como la gente blanca”.
Mimi se sonrojó ante la palabra, pero Bert estaba mirando a los bailarines y no lo vio. De repente, Mimi lo odió por usar esa palabra tan aborrecida. Contuvo el comentario que le brotó en los labios: que el atiborramiento porcino solo se estaba produciendo en las mesas donde se sentaban blancos. Le sorprendió el repentino reavivamiento de la conciencia racial que había permanecido latente durante casi diez años. «Soy una tonta —se reprendió—, pues, al fin y al cabo, ¿qué diferencia hay en cómo se llame a un hombre?». Pero de inmediato vino la respuesta de que al parecer sí importaba muchísimo, se quisiera o no. Miró a los bailarines. La pista estaba abarrotada sobre todo de parejas blancas que ejecutaban toda clase de pasos sofisticados, meciéndose y chocando con los demás en sus giros. Aquí y allá, una pareja de color se movía con gracia inconsciente, con un balanceo rítmico en sus cuerpos que hacía que los demás parecieran torpes y desgarbados. Le comentó el hecho a Bert, cuya respuesta fue: «Sí, todas las coristas del centro vienen aquí y pillan material para Broadway». Y mientras los observaba, Mimi empezó a comprender por primera vez lo que Wu Hseh-Chuan había querido decir; había hecho falta un oriental venido de la otra punta del mundo para hacerle ver cosas que había visto toda su vida y que, sin embargo, nunca había visto.
El suelo estaba demasiado lleno. Bert quería que bailara, pero un solo intento la dejó satisfecha con sentarse a mirar. La música ejercía un