CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
Página 30 de 366
Table of Contents

Capítulo II

divertían o bien las ignoraba por considerarlas muestras de estrechez de miras propias de quienes llevaban demasiado tiempo viviendo en un mundo aparte. Amaba al tierno e irresponsable Jean con todo su corazón, con la inconsecuencia propia de una mujer, a pesar de que él contravenía en casi todos los aspectos los cánones de eficiencia y progreso que formaban parte de su propia esencia.

Se conformaba con pasar su tiempo en casa, aprendiendo a cocinar platos nuevos para ella y queridos por Jean, truchas verdes y percas de los bayous, ostras frescas de los arrecifes, pámpanos, pargos y peces rojos del Golfo, verduras y frutas nuevas y exóticas, gumbo, jambalaya y combinaciones de todo tipo de ingredientes, generosamente especiados y sazonados. Se complacía en la pintoresca y vieja casa y su mobiliario; con ternura cuidaba el viejo piano del siglo XVIII de caoba incrustada de latón, la mesa de labor estilo Imperio con patas talladas con ornamentos de caoba de Santo Domingo que el bisabuelo de Jean había traído a Luisiana cuando huyó de la Insurrección de 1791 en Santo Domingo.

Durante el año de su matrimonio, Jean le había contado la historia del refugiado una veintena de veces.

Una y otra vez relató la historia de días tempestuosos, de la ruina que acechaba a los cultivadores de caña del Delta, del comercio paralizado, de la interrupción durante veinticinco años de la fabricación de azúcar comercializable.

Había oído hablar de los refugiados dominicanos negros, de los españoles, Méndez y Solís, y de sus instalaciones en las afueras de Nueva Orleans, una destilería la de uno, y una refinería para hacer almíbar la del otro.

La cosecha de añil, un fracaso; sus intentos de granular azúcar, un fracaso; se enfrentaban a la ruina, total y absoluta. Entonces llegaron

30