Pues se me cortó la respiración y estuve a punto de desmayarme. ¡Encerrado en un wreck con una banda como esa! Pero no era momento de andarse con sentimentalismos. Teníamos que encontrar aquel bote ahora mismo; teníamos que conseguirlo para nosotros. Así que fuimos temblando y retemblando por el lado de estribor, y fue un trabajo lento, además; parecía que había pasado una semana antes de llegar a la popa. Ni rastro de bote. Jim dijo que creía que no podía dar un paso más; estaba tan asustado que casi no le quedaban fuerzas, decía. Pero yo le dije que adelante, que si nos dejaban tirados en aquel wreck estaríamos apañados, seguro. Así que volvimos a avanzar a hurtadillas. Fuimos a dar con la popa del texas, la encontramos, y luego avanzamos a gatas hacia adelante por la claraboya, agarrándonos de contraventana en contraventana, pues el borde de la claraboya estaba bajo el agua. Cuando estuvimos bastante cerca de la puerta del pasillo transversal, ¡allí estaba el bote, y tanto! Apenas podía divisarlo. Me sentí sumamente agradecido. En otro segundo habría estado a bordo, pero justo en ese momento se abrió la puerta. Uno de los hombres sacó la cabeza a solo un par de pies de mí, y creí que estaba perdido; pero la metió de un tirón otra vez y dice:
«¡Saca esa maldita linterna de la vista, Bill!»
Arrojó un saco de algo dentro de la barca, y luego se metió él mismo y se sentó. Era Packard. Entonces Bill salió y se metió. Packard dice, en voz baja:
“Todo listo, ¡despeguen!”
Apenas podía sostenerme de las contraventanas, estaba tan débil. Pero dice Bill:
“Espera, ¿lo registraste a él?”