“¿Por qué? Porque son las paperas. Así es como empieza”.
“Pues no tiene ningún sentido. A uno le puede tropezar el dedo del pie, y tomar veneno, y caerse al pozo, y romperse el cuello, y reventarse los sesos, y llega alguien y pregunta qué lo mató, y algún imbécil se pone a decir: ‘Pues tropezó con el dedo del pie’. ¿Habría algún sentido en eso? No. Y tampoco lo tiene esto. ¿Se pega?”
“¿Es contagiosa? Vaya, cómo hablas. ¿Acaso un rastrillo es contagioso en la oscuridad? Si no te agarras a un diente, te agarras a otro, ¿verdad? ¿Y no te puedes escapar de ese diente sin arrastrar todo el rastrillo contigo, verdad? Bueno, esta clase de paperas es una especie de rastrillo, por decirlo así, y no es moco de pavo que digamos, cuando te engancha bien”.
“Bueno, creo que es horrible —dice el labio leporino—; iré a ver al tío Harvey y—”
—Ah, sí —digo—, lo haría . Claro que lo haría. No perdería el tiempo.
—Bueno, ¿por qué no habrías de hacerlo?
—Míralo un momento, y a lo mejor lo entiendes. ¿No es verdad que tus tíos tienen obligación de pirarse a Inglaterra tan rápido como puedan? ¿Y crees que serían tan mezquinos como para largarse y dejaros hacer todo ese viaje solos? Ya sabes que os esperarán. Hasta ahí, todo bien. Tu tío Harvey es predicador, ¿verdad? Muy bien, entonces; ¿va a engañar un predicador al empleado del vapor? ¿va a engañar al empleado de un barco? —para conseguir que dejen subir a bordo a la señorita Mary Jane. Ya sabes que no lo va a hacer. ¿Qué hará entonces? Pues dirá: «Es una lástima, pero los asuntos de mi iglesia tendrán que apañárselas como puedan; porque mi sobrina ha estado expuesta a las temibles paperas pluribus-unum, y por lo tanto es mi sagrado deber sentarme aquí y esperar los tres meses que tarda en manifestarse si las ha cogido». Pero no importa, si te parece mejor decírselo a tu tío Harvey…