de la tienda, y la multitud se aparta a cada lado para dejarlo pasar. Le dice a Boggs, de lo más tranquilo y pausado, le dice:
—Estoy harto de esto, pero lo aguantaré hasta la una. Hasta la una, tenlo en cuenta; ni un minuto más. Si vuelves a abrir la boca contra mí ni una sola vez después de esa hora, por muy lejos que viajes, te encontraré.
Entonces se da media vuelta y entra. La multitud se quedó muy seria; nadie se movió, y ya no hubo más risas. Boggs se alejó insultando a Sherburn tan alto como pudo gritar, por toda la calle; y al poco rato regresa y se detiene frente a la tienda, sin dejar de hacerlo. Algunos hombres se amontonaron a su alrededor e intentaron convencerlo de que se callara, pero no quiso; le dijeron que faltaban como quince minutos para la una, y que por lo tanto tenía que irse a casa, tenía que irse ahora mismo. Pero no sirvió de nada. Maldijo con todas sus fuerzas, tiró