prisa; no nos sobra el tiempo. Si pasáramos otra noche así, tendríamos que parar una semana para que se nos curaran las manos; no podríamos ni tocar un cuchillo de mesa antes de eso.
—Bueno, entonces, ¿qué vamos a hacer, Tom?
—Te lo voy a decir. No está bien, ni es moral, y no me gustaría que se fuera a saber; pero no hay más que una sola manera: tenemos que sacarlo cavando con los picos, y hacer como que son navajas de afeitar.
—¡Ahora sí vas entendiendo! —digo—; cada vez se te aclara más la cabeza, Tom Sawyer —digo—. Los picos son lo que importa, tengan moral o no la tengan; y a mí, la verdad, la moralidad me importa un bledo, de todos modos. Cuando me pongo a robar un negro, o una sandía, o un libro de la escuela dominical, no soy nada especial con tal de que se haga. Lo que yo quiero es mi negro; o lo que yo quiero es mi sandía; o lo que yo quiero es mi libro de la escuela dominical; y si un pico es lo más a mano, con eso es con lo que voy a desenterrar a ese negro o a esa sandía o a ese libro de la escuela dominical; y me importa un bledo lo que piensen las autoridades al respecto tampoco.
—Bueno —dice—, hay excusa para los picos y para fingir en un caso así; si no fuera por eso, no lo aprobaría ni me quedaría cruzado de brazos viendo cómo se rompen las reglas, porque lo justo es lo justo y lo injusto es lo injusto, y uno no tiene por qué andar haciendo el mal cuando no es un ignorante y sabe lo que se hace. A ti te podría valer sacar a Jim con un pico, sin fingir nada, porque no sabes más; pero a mí no, porque yo sí sé más. Dame un cuchillo de mesa.
Él tenía el suyo propio junto a él, pero le tendí el mío. Lo arrojó al suelo y dice:
—Dame un chuchillo de monte.