navegando en una barcaza de comercio, y que era un novato en el negocio, y quería saber qué tan lejos estaba Cairo. A Jim le pareció una buena idea, así que fumamos una pipa para celebrarlo y esperamos.
Ya no quedaba nada por hacer más que estar bien alerta para ver el pueblo, y no pasarlo de largo sin verlo. Dijo que estaría segurísimo de verlo, porque sería un hombre libre en cuanto lo viera, pero que si se lo pasaba volvería a estar en un país esclavista y se acabarían las posibilidades de libertad. A cada rato se levantaba de un salto y decía:
¿Dah she is?
Pero no era eso. Eran fuegos fatuos o luciérnagas; así que se volvió a sentar y se puso a vigilar, igual que antes. Jim dijo que estar tan cerca de la libertad le daba temblores y fiebre por todo el cuerpo. Bueno, ya pueden imaginarse que a mí también me daba temblores y fiebre por todo el cuerpo oírlo, porque empecé a meterme en la cabeza que ya casi era libre, ¿y de quién era la culpa? Pues mía. No había forma ni manera de sacarme eso de la conciencia. Empezó a mortificarme tanto que no podía descansar; no podía quedarme quieto en un solo sitio. Nunca antes había comprendido del todo lo que estaba haciendo. Pero ahora sí; y se me quedó dentro, quemándome cada vez más. Intenté convencerme de que yo no tenía la culpa, porque no fui yo quien se llevó a Jim huyendo de su legítimo dueño; pero no servía de nada, la conciencia saltaba y decía siempre: «Pero tú sabías que huía en busca de su libertad, y podrías haber remado hasta la orilla para avisar a alguien». Eso era verdad; no había forma de evadirlo. Ahí era donde me apretaba el zapato. La conciencia me decía: «¿Qué te había hecho la pobre señorita Watson para que dejaras que su negro se largara en tus propias narices sin decir una sola palabra? ¿Qué te hizo esa pobre anciana para que la trataras tan mal? Pues intentar enseñarte las letras, intentar enseñarte los modales, intentar ser buena contigo de todas las formas que conocía. Eso fue lo que hizo».