Boggs viene a toda prisa en su caballo, dando alaridos y gritos como un indio, y cantando a voz en cuello:
«Despejen el camino, ahí. Estoy en pie de guerra, y el precio de los ataúdes va a subir».
Iba borracho y se iba tambaleando en la silla de montar; tenía más de cincuenta años y la cara muy roja. Todo el mundo le gritaba, se reía de él y le contestaba insolencias, y él devolvía las insolencias y decía que se ocuparía de ellos y los tumbaría a todos en riguroso turno, pero que ahora no podía esperar porque había venido al pueblo a matar al viejo coronel Sherburn, y su lema era: «Primero la carne, y de postre los blandengues».
Me ve, y se acerca a caballo y dice:
—¿De dónde’ saliste, muchacho? ¿Estás preparado para morir?
Luego siguió su camino. Yo tenía miedo, pero un hombre dice:
“No lo dice en serio; siempre anda con esas cuando está borracho. Es el viejo más bonachón y tonto de todo Arkansaw; jamás le ha hecho daño a nadie, ni ebrio ni sobrio”.
Boggs se acercó a caballo hasta la tienda más grande del pueblo, inclinó la cabeza para poder ver por debajo de la cortina del toldo y grita:
“¡Salga a fuera, Sherburn! ¡Salga a encontrarse con el hombre al que le ha robado! ¡Usted es el perro que busco, y también lo voy a agarrar!”
Y así siguió, llamando a Sherburn de todo lo que se le ocurría, y toda la calle atestada de gente escuchando, riendo y alborotando. Al rato, un hombre de aspecto orgulloso, de unos cincuenta y cinco años —y además era, con creces, el hombre mejor vestido de aquel pueblo—, sale