Cuando llegaron allí, invadieron el cementerio y lo inundaron como una crecida. Y al llegar a la tumba descubrieron que tenían como cien veces más palas de las que necesitaban, pero a nadie se le había ocurrido traer un farol.
Sin embargo, se pusieron a cavar de todos modos a la luz de los relámpagos, y mandaron a un hombre a la casa más cercana, a media milla de distancia, a pedir uno prestado.
Así que cavaron y cavaron como locos; y se puso horriblemente oscuro, y empezó a llover, y el viento soplaba y soplaba con furia, y los relámpagos caían cada vez más seguidos, y los truenos retumbaban; pero aquella gente no le hacía ningún caso, estaban tan metidos en el asunto; y al minuto podías ver todo y cada uno de los rostros en esa gran multitud, y las paladas de tierra volando fuera de la tumba, y al segundo siguiente la oscuridad lo borrabas todo, y no se podía ver absolutamente nada.
Por fin sacaron el ataúd y empezaron a desatornillar la tapa, y entonces se armó tal barullo de amontonarse, codearse y empujarse para meterse a empujones y alcanzar a ver algo, que nunca lo habéis visto; y en la oscuridad, de esa manera, era espantoso. Hines me lastimó la muñeca horriblemente de tanto tirar y estirar, y supongo que se olvidó por completo de que yo estaba en el mundo, estaba tan emocionado y jadeando.
De repente, el relámpago soltó un chorro perfecto de fulgor blanco, y alguien grita:
«¡Por vida de mil demonios, aquí está la bolsa de oro sobre su pecho!»
Hines soltó un grito de alegría, como todos los demás, me soltó la muñeca y dio un gran empujón para abrirse paso y echar un vistazo, y la forma en que salí escopetado y trepé hacia el camino en la oscuridad no hay quien la cuente.