La noticia recorrió todo el pueblo en dos minutos, y se veía a la gente bajando a la carrera por todas partes, algunos poniéndose los abrigos mientras venían. Muy pronto nos encontramos en medio de una multitud, y el ruido de las pisadas parecía el de una marcha de soldados. Las ventanas y los patios delanteros estaban llenos; y a cada minuto alguien decía, al otro lado de una cerca:
“¿Son ellos?”
Y alguien que fuera trotando con el grupo le contestaba y decía:
—Y tanto que sí.
Cuando llegamos a la casa, la calle de en frente estaba abarrotada, y las tres muchachas estaban paradas en la puerta. Mary Jane era pelirroja, pero eso no importa en absoluto, era de una belleza espantosa, y su cara y sus ojos estaban completamente iluminados como la gloria, de lo contenta que estaba de que sus tíos hubieran llegado.
El rey abrió los brazos y Mary Jane se le tiró encima, y la labio leporino se le tiró al duque, ¡y allí se armó! Casi todos, al menos las mujeres, lloraban de alegría al verlos reunirse por fin y pasarlo tan bien.
Entonces el rey le dio un codazo al duque en secreto—lo vi hacerlo—y luego miró alrededor y vio el ataúd, allá en la esquina sobre dos sillas; así que entonces él y el duque, con una mano sobre el hombro del otro y la otra mano en los ojos, caminaron lenta y solemnemente hacia allá, retirándose todos para darles espacio, y deteniéndose toda la charla y el ruido, la gente diciendo «¡Chit!» y todos los hombres quitándose los sombreros y agachando la cabeza, de modo que se habría podido oír caer un alfiler.