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nydus/The Adventures of Huckleberry FinnPublic
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XV

Pues ya me rindo. Ya sabía yo lo que pasaba. Aquella orilla cortada era una isla, y Jim se había ido por el otro lado. No era ningún banco de arena que uno pudiera rebasar flotando en diez minutos. Tenía los árboles grandes de una isla de verdad; bien podría tener cinco o seis millas de largo y más de media milla de ancho.

Me quedé callado, con las orejas bien atentas, unos quince minutos, calculo yo. Yo iba flotando, por supuesto, a cuatro o cinco millas por hora; pero uno nunca piensa en eso. No, uno siente como si estuviera completamente inmóvil sobre el agua; y si un pequeño fragmento de tronco pasa de largo junto a ti, no piensas en lo rápido que vas, sino que contenías la respiración y piensas: ¡caramba!, ¡cómo corre ese tronco! Si crees que no es sombrío y solitario estar en medio de la niebla de esa manera, uno solo en la noche, pruébalo alguna vez; ya verás.

Luego, como por media hora, di gritos de vez en cuando; al fin oigo la contestación muy lejos, y trato de seguirla, pero no pude hacerlo, y al ratito me pareció que había metido la canoa en un nido de islotes de sauces, porque iba divisando apenas unos manchones oscuros a ambos lados —a veces con un canal angosto en medio, y otros que no podía ver sabía que estaban ahí porque oía el batir de la corriente contra la vieja broza muerta y la basura que colgaba de las orillas.

Bueno, no tardé mucho en perder los gritos allá entre los islotes; y la verdad es que solo traté de perseguirlos un rato, porque era peor que perseguir un fuego fatuo. Nunca viste un sonido que esquive tanto por todos lados y que cambie de lugar tan rápido y a cada rato.

Tuve que remar con ganas para apartarme de la orilla cuatro o cinco veces, a fin de no echar abajo las islas del río; y por eso calculé que la balsa debía de estar chocando contra la orilla de vez en cuando, o si no se habría adelantado más y salido de alcance —iba flotando un poco más rápido que yo—.

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