su querido William y a mí. ¿A que sí? No me cabe la menor duda al respecto. Bien, entonces, ¿qué clase de hermanos seríamos los que nos interpondríamos en su camino en un momento así? ¿Y qué clase de tíos seríamos los que robaríamos —sí, robaríamos— a unos corderos tan pobres y dulces como estos que él tanto amaba en un momento así? Si conozco a William —y creo que lo conozco—, él... bueno, se lo voy a preguntar a él mismo”. Se da la vuelta y empieza a hacerle un montón de señales al duque con las manos, y el duque lo mira atónito y con cara de pasmarote un rato; luego, de repente, parece captar el sentido, se abalanza sobre el rey, emitiendo gorgoritos con todas sus fuerzas de alegría, y lo abraza como unas quince veces antes de soltarlo. Entonces el rey dice: “Lo sabía; supongo que eso convencerá a cualquiera de lo que él siente al respecto. Tomen, Mary Jane, Susan, Joanner, el dinero... tómenlo todo. Es el regalo de aquel que yace ahí, frío pero jubiloso”.
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Capítulo XXV
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