Estábamos de lo más contentos después de almorzar, cogí mi canoa y nos fuimos al otro lado del río a pescar, con algo de comer, y lo pasamos muy bien, y fuimos a echarle un vistazo a la balsa y la encontramos bien, y llegamos tarde a cenar, y los encontramos tan acobardados y preocupados que no sabían dónde tenían la cabeza, y nos mandaron directo a la cama en cuanto terminamos de cenar, y no nos quisieron decir cuál era el problema, y no soltaron ni una sola palabra sobre la nueva carta, pero no hacía falta, porque nosotros sabíamos del asunto tanto como cualquiera, y en cuanto estuvimos a mitad de la escalera y ella volvió la espalda nos deslizamos hacia la alacena del sótano y cargamos con una buena provisión de comida y nos la subimos al cuarto y nos fuimos a la cama, y nos levantamos como a las once y media, y Tom se puso el vestido de la tía Sally que había robado e iba a ponerse en marcha con la comida, pero dice:
“¿Dónde está la mantequilla?”
—Saqué un buen trozo —le digo—, sobre un pedazo de pan de maíz.
“Pues lo dejaste preparado, entonces—aquí no está”.
—Podemos apañarnos sin él —digo.
—Nosotros también podemos arreglárnoslas con eso —dice—; baje usted al sótano por él y tráigalo. Y luego baje echando leches por el pararrayos y venga para acá. Yo iré a meterle paja en la ropa a Jim para que parezca su madre disfrazada, y estaré listo para balar como una oveja y largarnos tan pronto como llegue usted.
De modo que salió él, y bajé yo al sótano. El trozo de mantequilla, grande como el puño de una persona, estaba donde lo había dejado, así que