Y cuando llegaron allí se inclinaron y miraron dentro del ataúd, y le echaron un vistazo, y luego prorrumpieron en un llanto tal que se les habría podido oír casi hasta Orleans; y luego se echaron los brazos al cuello el uno del otro, y apoyaron la barbilla sobre el hombro del otro; y entonces, durante tres minutos, o tal vez cuatro, nunca vi a dos hombres gotear de la manera en que lo hacían.
Y, fíjense bien, todo el mundo estaba haciendo lo mismo; y el lugar estaba tan húmedo que nunca había visto nada igual.
Entonces uno de ellos se puso a un lado del ataúd, y el otro al otro lado, y se arrodillaron y apoyaron la frente en el ataúd, y fingieron rezar muy para sus adentros.
Bueno, cuando se llegó a eso, aquello conmovió a la concurrencia como nunca habrán visto nada igual, y todo el mundo se derrumbó y rompió a sollozar a voz en grito—las pobres muchachas también; y casi todas las mujeres se acercaban a las muchachas, sin decir una palabra, y las besaban, solemnes, en la frente, y luego les ponían la mano en la cabeza y miraban hacia el cielo, con las lágrimas corriendo, y entonces rompían a llorar y se iban sollozando y secándose los mocos, y le dejaban el turno a la siguiente.
Nunca vi nada tan repugnante.
Bueno, al rato el rey se levanta y se acerca un poco, y se va calentando y suelta un discurso, todo lleno de lágrimas y pamplinas sobre que es una dura prueba para él y su pobre hermano perder al difunto, y no haber alcanzado a ver al difunto con vida después de un largo viaje de cuatro mil millas, pero que es una prueba que se endulza y se santifica para nosotros por esta querida simpatía y estas santas lágrimas, y así les da las gracias de todo corazón y de parte del corazón de su hermano, porque de sus labios no pueden, al ser las palabras muy débiles y frías, y toda esa