Y cuando le tires a una rata o a cualquier otra cosa, ponte de puntillas y alza la mano por encima de la cabeza tan torpemente como puedas, y erradle a tu rata por unos seis o siete pies.
Tira con el brazo rígido desde el hombro, como si hubiera allí un pivote sobre el que pudiera girar, como una chica; no desde la muñeca y el codo, con el brazo estirado hacia un lado, como un chico.
Y, ten en cuenta, cuando una chica intenta atrapar algo en su regazo separa las rodillas; no las junta de golpe, como hiciste tú cuando atrapaste el trozo de plomo.
—¡Vaya!, te reconocí como muchacho en cuanto enhebraste la aguja, y lo demás lo maquiné solo para estar segura. Ahora corre con tu tío, Sarah Mary Williams George Elexander Peters, y si te metes en líos, avísale a la señora Judith Loftus, que soy yo, y haré lo que pueda para sacarte de ellos.
Sigue el camino del río todo el tiempo, y la próxima vez que andes de vagabundo, llévate zapatos y calcetines. El camino del río es pedregoso, y tus pies van a quedar hechos un cristo cuando llegues a Goshen, me figuro.
Subí por la orilla unas cincuenta yardas, y luego di la vuelta sobre mis propias huellas y volví a hurtadillas hasta donde estaba mi canoa, un buen trecho más abajo de la casa. Me metí de un salto y salí pitando. Fui río arriba lo suficiente como para alcanzar la punta de la isla, y entonces empecé a cruzar. Me quité el gorro de sol, porque no quería tener anteojeras en aquel momento. Cuando iba más o menos por la mitad, oí que el reloj empezaba a dar las horas, así que me detengo y escucho; el sonido llegaba débil sobre el agua pero claro: las once. Cuando llegué a la punta de la isla no esperé a tomar aliento, aunque estaba casi sin fuelle, sino que me metí de cabeza en el bosque, allí donde solía estar mi viejo campamento, y encendí una buena hoguera en un lugar alto y seco.