Cogí el costal de harina de maíz y lo llevé hasta donde estaba escondida la canoa, separé las enredaderas y las ramas y lo metí dentro; luego hice lo mismo con el trozo de tocino; después con la garrafa de whisky. Me llevé todo el café y el azúcar que había, y toda la munición; me llevé la estopa para tacos; me llevé el cubo y elaciano; me llevé un cucharón y una taza de hojalata, y mi vieja sierra y dos mantas, y la sartén y la cafetera. Me llevé los sedales, las cerillas y otras cosas—todo lo que valía un céntimo. Dejé el lugar limpio. Quería un hacha, pero no había ninguna, salvo la que estaba junto al leñero, y ya sabía por qué iba a dejar esa. Saqué la escopeta, y con eso ya había acabado.
Había gastado bastante el suelo saliendo a gatas del agujero y arrastrando tantas cosas.
Así que arreglé aquello lo mejor que pude desde afuera esparciendo polvo sobre el sitio, lo cual disimuló lo alisado y el aserrín.
Luego volví a colocar el trozo de leño en su sitio y le puse dos piedras debajo y una contra él para sostenerlo allí, pues estaba arqueado en ese punto y no llegaba a tocar el suelo.
Si te parabas a cuatro o cinco pies de distancia y no sabías que estaba aserrado, jamás lo habrías notado; y además, esta era la parte trasera de la cabaña, y no era probable que nadie fuera a curiosear por allí.
Todo era pasto hasta llegar a la canoa, así que no había dejado rastro. Di la vuelta para ver. Me paré en la orilla y miré hacia el río. Todo seguro.
Así que tomé la escopeta y me adentré un trecho en el bosque, y andaba buscando algunos pájaros cuando vi un cerdo cimarrón; los cerdos pronto se volvían cimarrones en aquellas tierras bajas después de escaparse de las granjas de la pradera. Le disparé a este animal y lo llevé al campamento.