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nydus/The Adventures of Huckleberry FinnPublic
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Capítulo XXXI

que tomaba aquello. A nuestro juicio, estaban tramando alguna maldad peor que nunca. Le dimos mil vueltas al asunto, y al final decidimos que iban a entrar a robar en alguna casa o tienda, o que iban a meterse en el negocio de la moneda falsa, o algo por el estilo. Así que entonces nos asustamos bastante y llegamos al acuerdo de que no queríamos saber nada en absoluto de semejantes acciones, y que a la mínima oportunidad que tuviéramos les daríamos esquinazo, largándonos y dejándolos plantados. Bueno, una madrugada escondimos la balsa en un sitio bueno y seguro, a cosa de dos millas de un pueblecito medio descascarillado llamado Pikesville; el rey bajó a tierra y nos dijo que nos quedáramos escondidos mientras él subía al pueblo a husmear para ver si alguien allí ya se había enterado de lo del Royal Nonesuch. > («Casa a robar, querrás decir —me dije para mis adentros—; y cuando acabes de robarla volverás aquí y te preguntarás qué habrá sido de mí, de Jim y de la balsa... y tendrás que conformarte con la pura intriga»). Y dijo que si no estaba de vuelta para mediodía, el duque y yo sabríamos que todo iba bien y tendríamos que irnos para allá.

Así que nos quedamos donde estábamos. El duque se andaba carcomiendo y sudando, y de muy mal talante. Nos regañaba por todo, y parecía que no podíamos hacer nada bien; hallaba faltas en cada pequeñez. Algo se estaba tramiendo, seguro. Yo me alegré un montón cuando llegó el mediodía y nada del rey; al menos podíamos tener un cambio —y tal vez la oportunidad de llevarnos el cambio también de pasada—. Así que el duque y yo nos fuimos al pueblo, y buscamos por allí al rey, y al rato lo encontramos en el cuarto trasero de una tabernucha de mala muerte, bien borracho, con un montón de holgazanes acosándolo por diversión, y él maldiciendo y amenazando con todas sus

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