Cogué el hacha y derribé la puerta a golpes. Le di duro y tuve que picarla bastante para conseguirlo. Metí al cerdo dentro, lo acerqué casi hasta la mesa, le rajé el cuello con el hacha y lo eché al suelo para que se desangrase; digo suelo porque era suelo —apisonado y duro, sin tablas.
Bueno, luego cogí un costal viejo y metí en él un montón de piedras grandes —todas las que pude arrastrar—, lo saqué desde donde estaba el cerdo, lo arrastré hasta la puerta y a través del bosque bajando hasta el río, lo tiré dentro y se fue al fondo, hundiéndose hasta perderse de vista.
Se notaba fácilmente que habían arrastrado algo por el suelo. ¡Cómo deseaba que Tom Sawyer estuviera allí!; sabía que este tipo de asuntos le habrían interesado y que le habría añadido los toques de distinción. Nadie se lucía tanto como Tom Sawyer en algo así.
Bien, la última vez me arranqué un poco de pelo, manché bien el hacha con sangre, la apoyé contra la pared del fondo y la tiré en un rincón. Luego agarré el cerdo y lo apreté contra mi pecho con la chaqueta (para que no goteara) hasta que me aleje bastante de la casa y entonces lo tiré al río. Ahora se me ocurrió otra cosa. Así que fui a buscar la bolsa de harina y mi vieja sierra a la canoa, y las traje a la casa. Llevaron la bolsa al lugar donde solía estar, y le rompí un agujero en el fondo con la sierra, porque allí no había cuchillos ni tenedores —papá lo hacía todo con su navaja para cocinar—. Luego llevé el costal como a cien yardas a través del pasto y entre los sauces al este de la casa, hasta un lago poco profundo que tenía cinco millas de ancho y estaba lleno de juncos —y de patos también, por así decirlo, en su temporada—. Había un cenagal o un arroyo que salía por el otro lado y se adentraba millas y millas, no sé a dónde, pero no iba al río. La harina se fue filtrando y dejó un caminito por todo el trayecto hasta el lago. Allí tiré también la piedra de afilar de papá, para que pareciera que se le había caído por accidente. Luego até el desgarrón de la bolsa de harina con un cordel, para que no siguiera perdiendo, y me la llevé a la canoa junto con la sierra.