contra el gran río en el medio. Le conté a Jim todo lo que había pasado charlando con aquella mujer; y Jim dijo que era lista, y que si se hubiera puesto a perseguirnos ella misma, no se habría sentado a vigilar una fogata; no, señor, habría traído un perro. Bueno, entonces —le dije—, ¿por qué no pudo decirle a su marido que trajera un perro? Jim dijo que apostaba a que sí se le había ocurrido para cuando los hombres estaban listos para salir, y que creía que debían de haber ido al pueblo a buscar un perro y por eso perdieron todo ese tiempo, o si no, no estaríamos aquí en un banco de arena a dieciséis o diecisiete millas río abajo del pueblo; no, señor, estaríamos otra vez en ese mismo viejo pueblo. Así que dije que no me importaba cuál era el motivo por el que no nos habían atrapado, siempre y cuando no lo hubieran hecho.
Cuando empezaba a oscurecer asomamos la cabeza de entre el matorral de álamos, y miramos arriba, abajo y al otro lado; no se veía nada; así que Jim levantó algunas de las tablas superiores de la balsa y construyó un acogedor cobertizo para guarecernos bajo el calor sofocante y la lluvia, y para mantener secas las cosas. Jim le hizo un piso al cobertizo y lo elevó un pie o más por encima del nivel de la balsa, de modo que ahora las mantas y todos los achiperres estaban fuera del alcance de las Olas de los vapores. Justo en el medio del cobertizo hicimos una capa de tierra de unas cinco o seis pulgadas de profundidad con un marco alrededor para mantenerla en su sitio; esto era para encender fuego en ella cuando el tiempo estuviera desapacible o fresco; el cobertizo evitaría que se viera. Hicimos también un remo de dirección adicional, porque uno de los otros podía romperse con un tronco sumergido o algo así.