Y Tom volvió un poco la cabeza y murmuró algo que demostró que no estaba en su sano juicio; entonces ella levantó las manos y dijo:
«¡Está vivo, gracias a Dios! ¡Y con eso basta!», y le dio un beso a la carrera, y voló hacia la casa para preparar la cama, repartiendo órdenes a diestra y siniestra a los negros y a todo el mundo, tan rápido como le daba la lengua, a cada salto del camino.
Seguí a los hombres para ver qué iban a hacer con Jim; y el viejo doctor y el tío Silas siguieron a Tom hacia la casa.
Los hombres estaban muy irritados, y algunos querían colgar a Jim como ejemplo para todos los demás negros de por allí, para que no intentaran huir como lo había hecho Jim, y armar semejante alboroto, y tener a una familia entera muerta de miedo casi día y noche.
Pero los otros dijeron que no lo hicieran, que eso no serviría de nada; no era nuestro negro, y su dueño aparecería y nos haría pagarlo, seguro. Así que eso los calmó un poco, porque la gente que siempre está más ansiosa por colgar a un negro que no se ha portado como debe es siempre la misma que menos anhela pagarlo una vez que se ha dado el gusto.
Pero a Jim lo insultaron bastante, aunque de vez en cuando le daban un sopapo o dos en la cabeza, pero Jim no decía nada, ni daba muestras de conocerme, y se lo llevaron a la misma cabaña, y le pusieron su propia ropa, y lo volvieron a encadenar, y esta vez no a la pata de la cama, sino a una gran grapa clavada en el tronco inferior, y le encadenaron también las manos, y ambas piernas, y dijeron que no iba a comer más que pan y agua de ahí en adelante hasta que viniera su dueño, o fuera vendido en subasta por no presentarse en un plazo determinado, y taparon nuestro agujero, y dijeron que un par de granjeros con escopetas debían hacer guardia alrededor de la cabaña todas las noches, y un bulldog atado a la puerta durante el día; y por entonces ya habían terminado el trabajo y estaban