—La desgracia lo ha hecho, Bilgewater, la desgracia lo ha hecho; la desgracia me ha traído estas canas y esta prematura calvicie. Sí, caballeros, tienen ante ustedes, en mahón azul y miseria, al errante, exiliado, pisoteado y sufriente legítimo rey de Francia.
Pues lloró y se lamentó de tal manera que Jim y yo casi no sabíamos qué hacer, tanta pena nos daba, y a la vez tanta alegría y orgullo de tenerlo con nosotros. Así que empezamos, como habíamos hecho antes con el duque, a intentar consolarlo. Pero él dijo que no servía de nada, que nada salvo estar muerto y acabar de una vez con todo le podía hacer algún bien; aunque dijo que a menudo se sentía más tranquilo y mejor por un rato si la gente lo trataba conforme a sus derechos, y se ponía de rodillas para hablarle, y lo llamaba siempre «Su Majestad», y lo atendía primero en las comidas, y no se sentaba en su presencia hasta que él se lo pedía. Así que Jim y yo nos pusimos a tratarlo de majestad, y a hacerle esto, aquello y lo de más allá, y a quedarnos de pie hasta que él nos decía que podíamos sentarnos. Esto le hizo muchísimo bien, y así se puso alegre y cómodo. Pero al duque como que le sentó mal y no parecía nada contento con cómo iban las cosas; aun así, el rey se mostró muy amistoso con él, y dijo que el bisabuelo del duque y todos los demás duques de Bilgewater eran muy estimados por su padre, y se les permitía ir bastante por el palacio; pero el duque siguió ofendido un buen rato, hasta que al cabo de un rato el rey dice:
—Probablemente nos toque estar juntos un maldito buen rato en esta balsa, Aguaínes, ¿y de qué sirve entonces que andes con mala cara? Lo único que vas a lograr es ponernos la vida incómoda. No es culpa mía no haber nacido duque, ni es culpa tuya no haber nacido rey; ¿para qué preocuparse, entonces? Sacarle el mejor partido a las cosas tal como uno las encuentra, digo yo; ese es mi lema. Esto que hemos encontrado aquí no está nada mal: comida de sobra y una vida tranquila; vamos, dame la mano, duque, y seamos todos amigos.