dos hijos río arriba hacia Memphis, y su madre río abajo hacia Orleans. Pensé que a esas pobres muchachas y a esos negros se les iba a partir el corazón de pena; lloraban abrazados y armaban tal alboroto que casi me ponía enfermo verlo. Las muchachas dijeron que nunca habían soñado con ver a la familia separada ni vendida fuera del pueblo. Jamás podré borrar de mi memoria la visión de esas pobres y desdichadas muchachas y negros colgados del cuello unos de otros y llorando; y supongo que no lo habría soportado, sino que me habría tenido que echar a llorar y delatar a nuestra banda de no haber sabido que la venta no valía nada y que los negros estarían de vuelta en casa en una semana o dos.
El asunto armó un gran alboroto en el pueblo también, y unos cuantos se declararon abiertamente en contra y dijeron que era una vergüenza separar a la madre de los hijos de esa manera. Eso perjudicó un poco a los farsantes; pero el viejo tonto siguió erre que erre, a pesar de todo lo que el duque pudiera decir o hacer, y ya os digo que el duque estaba sumamente inquieto.
Al día siguiente era el día de la subasta. Bien entrada la mañana, el rey y el duque subieron al desván y me despertaron, y por sus caras vi que había problemas. El rey dice:
—¿Estuvo usted en mi cuarto anteanoche?
«No, su majestad»—que era como siempre le llamaba yo cuando no había nadie más de nuestra pandilla por allí.
«¿Estuviste ahí ayer o anoche?»
“No, majestad”.