escribir sobre cualquier cosa que quisieras darle para escribir con tal de que fuera tristona.
Cada vez que un hombre moría, o una mujer moría, o un niño moría, ella se hacía presente con su «tributo» antes de que estuviera frío. Los llamaba tributos.
Los vecinos decían que primero era el médico, luego Emmeline y después el fúnebre; el fúnebre nunca se le adelantó a Emmeline más que una vez, y eso fue porque ella se quedó atascada buscando una rima para el nombre del difunto, que era Whistler.
No volvió a ser la misma después de eso; nunca se quejó, pero como que se fue consumiendo y no vivió mucho tiempo.
Pobre, bien sabido es las veces que me obligué a subir al cuartito que solía ser suyo y a sacar su pobre viejo álbum de recortes y ponerme a leer en él cuando sus retratos me habían estado exasperando y le había tomado un poco de tirria. A mí me gustaba toda esa familia, los muertos y todo, y no iba a permitir que nada se interpusiera entre nosotros. La pobre Emmeline escribía poesía sobre toda la gente muerta cuando estaba viva, y no parecía justo que no hubiera nadie que le escribiera alguna a ella ahora que se había ido; así que intenté