sudar un verso o dos yo misma, pero al parecer no me salía de ningún modo.
Conservaban el cuarto de Emmeline ordenado y bonito, y todas las cosas colocadas exactamente tal como a ella le gustaba tenerlas cuando vivía, y nadie dormía jamás allí.
La anciana se encargaba ella misma del cuarto, a pesar de que había un montón de negros, y cosía mucho allí y leía su Biblia principalmente allí.
Bueno, como iba diciendo del salón, había unas cortinas preciosas en las ventanas: blancas, con cuadros pintados en ellas de castillos con enredaderas por todas las paredes, y ganado bajando a beber.
Había también un pianito viejo, que creo que tenía cazuelas de lata dentro, y no había nada tan encantativo como oír a las señoritas cantar «El último eslabón está roto» y tocar «La batalla de Praga» en él.
Las paredes de todas las habitaciones estaban enfoscadas, la mayoría tenía alfombras en los suelos, y toda la casa estaba encalada por fuera.
Era una casa doble, y el gran espacio abierto entre ambas partes tenía techo y suelo, y a veces se ponía la mesa allí al mediodía, y era un sitio fresco y agradable.
No había nada que pudiera ser mejor. ¡Y a que la comida era buena, y además en cantidades ingentes!