“Mars Jawge, if you’ll come down into de swamp I’ll show you a whole stack o’ water-moccasins.”
Pienso yo, eso es de lo más curioso; lo dijo ayer. Debería saber que uno no quiere lo suficiente a los mocasines de agua como para andar buscándolos por ahí. ¿Qué se trae entre manos, de todos modos? Así que le digo:
—Está bien; anda tirando tú delante.
Le seguí durante media milla; luego se metió por el pantano, y vadeó con el agua hasta los tobillos otra media milla más o menos. Llegamos a un trozo de tierra un poco llano que estaba seco y muy poblado de árboles, arbustos y enredaderas, y dice:
—Métase usté mismito ahí a unos pocos pasos, mariscal Jawge; ahí es donde están. Yo los he visto antes; no tengo ganas de verlos más.
Luego siguió chapoteando y se alejó, y muy pronto los árboles lo ocultaron.
Me metí un trecho en el lugar y llegué a un pequeño claro del tamaño de un dormitorio, todo rodeado de enredaderas colgantes, y encontré a un hombre tendido allí dormido —¡y, caramba, era mi viejo Jim!
Lo desperté, y creí que iba a ser una gran sorpresa para él verme de nuevo, pero no lo fue. Casi se puso a llorar de lo contento que estaba, pero no se sorprendió. Dijo que vino nadando detrás de mí aquella noche, y me oyó gritar cada vez, pero no se atrevió a contestar, porque no quería que nadie lo recogiera y lo volviera a meter en la esclavitud.
Dice que:
—Me lastimé un poquito, en no podía nadar repronto, ansina que me quedé un buen trecho atrás de usté hacia el final; cuando arribó, creí que