sus máscaras. Trajo a la mitad de un hombre —a Buck Harkness, ahí— y, si no lo hubiera tenido a él para incitarlos, se habrían quedado en puras
“Ustedes no querían venir. Al hombre común no le gustan los líos ni los peligros. A ustedes no les gustan los líos ni los peligros. Pero con que un solo hombre a medias —como ese Buck Harkness de ahí— grite «¡A la horca! ¡A la horca!», ya les da miedo echarse atrás; miedo de que descubran lo que son: unos cobardes; y así es como se ponen a chillar, y se agarran de los faldones de ese hombre a medias, y vienen rugiendo hasta aquí, jurando las grandes cosas que van a hacer.
Lo más lastimoso que hay es una turba; eso es lo que es un ejército: una turba; no luchan con el valor que nace en ellos, sino con el valor que le piden prestado a su muchedumbre y a sus oficiales. Pero una turba sin ningún hombre a la cabeza está por debajo de la lastima.
Ahora lo que tienen que hacer es bajar la cola, irse a casa y meterse en un agujero. Si van a colgar a alguien de verdad, se hará a la oscuridad, a la usanza sureña; y cuando vengan traerán sus máscaras, y se llevarán a un hombre. Y ahora vámonos, y llévense a su hombre a medias” —arrojando su pistola sobre el brazo izquierdo y armando el gatillo al decir esto.
La multitud retrocedió de repente, y luego se desbandó por completo, y salió huyendo disparada para todos lados, y Buck Harkness puso pies en polvorosa detrás de ellos, con cara de bastante tonto. Yo me hubiera podido quedar si hubiera querido, pero no quise.
Fui al circo y anduve holgazaneando por la parte de atrás hasta que pasó el vigilante, y entonces me metí debajo de la lona de un salto. Tenía mi moneda de oro de veinte dólares y algo más de dinero, pero pensé que era mejor guardarlo, porque nunca se sabe lo pronto que vas a hacerlo falta, estando lejos de casa y entre desconocidos de esa manera.