Entran y cierran la puerta; y lo primero que hace el duque es agacharse a mirar debajo de la cama.
Entonces me alegré de no haber encontrado la cama cuando la andaba buscando. Y aun así, ya ve uno, como que es natural esconderse debajo de la cama cuando uno anda en cosas secretas. Se sientan entonces, y el rey dice:
“Bueno, ¿qué es? Y córtala más o menos pronto, porque es mejor que estemos allá abajo a los gritos con el duelo que aquí arriba dándoles la oportunidad de que hablen mal de nosotros”.
“Bueno, pues ya está, Capet. No estoy tranquilo; no estoy a gusto. Ese médico me ronda la cabeza. Quería saber sus planes. Tengo una ocurrencia, y creo que es sensata”.
—¿Qué pasa, duque?
—Que más nos vale deslizarnos fuera de esto antes de las tres de la mañana, y arreando río abajo con lo que tenemos. Sobre todo, viendo que lo conseguimos tan fácil; devuelto, tirado a la cabeza, por así decirlo, cuando por supuesto contábamos con tener que robarlo de vuelta. Yo soy partidario de dejarlo y pirarnos.
Eso me hizo sentir bastante mal. Hace una hora o dos habría sido un poco diferente, pero ahora me hizo sentir mal y decepcionado. El rey se arranca diciendo:
«¡Qué! ¿Y no vender el resto de la propiedad? ¿Marcharnos como un atajo de tontos y dejar ocho o nueve mil dólares en propiedades tiradas por ahí, sufriendo nomás por que las agarren?, ¡y todo mercancía buena y vendible, además!».
El duque se quejó; dijo que la bolsa de oro era suficiente, y que no quería meterse más a fondo —no quería robarles a unos huérfanos todo lo que tenían.