Llevábamos una tunda cada vez que alguna de nuestras culebras se cruzaba en su camino, y ella aseguraba que esas tundas no eran nada comparadas con lo que nos haría si volvíamos a llenar el lugar con bichos de esos. A mí las tundas no me importaban, porque no servían para nada; pero sí me importaba el trabajo que nos costaba conseguir otra tanda.
Pero los conseguimos, junto con todo lo demás; y nunca viste una cabaña tan alegre como la de Jim cuando todos salían en tropel atraídos por la música y se iban sobre él. A Jim no le gustaban las arañas, y a las arañas no les gustaba Jim; así que le acechaban y se lo ponían de lo más calentito.
Y decía que, entre las ratas, las culebras y la piedra de afilar, casi no le quedaba sitio en la cama, y cuando lo había, uno no podía dormir, aquello era un hervidero, y siempre era un hervidero, decía, porque nunca dormían todos a la vez, sino que se turnaban, de modo que cuando las culebras dormían, las ratas estaban al mando, y cuando las ratas se acurrucaban, las culebras entraban de guardia, así que siempre tenía a una pandilla debajo, estorbándole, y a la otra montando un circo encima, y si se levantaba a buscar otro sitio, las arañas aprovechaban para darle un mordisco al cruzar.
Decía que si alguna vez lograba salir de esta, no volvería a ser prisionero nunca más, ni por un sueldo.
Bien, para cuando terminaron las tres semanas, todo estaba bastante bien arreglado. La camisa la mandaron temprano, dentro de un pastel, y cada vez que una rata mordía a Jim, se levantaba y escribía un poco en su diario mientras la tinta estaba fresca; las plumas estaban hechas, las inscripciones y todo lo demás estaba esculpido en la piedra de amolar; la pata de la cama estaba cortada en dos, y nos habíamos comido el serrín, lo que nos dio un dolor de estómago espantoso.