alejande cada vez más y ya no pude distinguir las palabras; pero alcanzaba a oír el murmullo y, de vez en cuando, también alguna risa, aunque parecía muy lejana.
Ya había pasado el ferry. Me levanté, y ahí estaba la isla de Jackson, a eso de dos millas y media río abajo, con su espeso bosque alzándose en medio del río, grande, oscura y maciza, como un vapor sin luces. No quedaba rastro del banco de arena en la punta; ahora estaba todo bajo el agua.
No tardé mucho en llegar allí. Pasé la punta a toda velocidad, la corriente era tan fuerte, y luego entré en el agua muerta y desembarqué en el lado de la orilla de Illinois.
Metí la canoa en una profunda hendidura de la orilla que yo conocía; tuve que apartar las ramas de sauce para entrar; y cuando la amarré, nadie habría podido ver la canoa desde afuera.
Subí y me senté en un tronco en la punta de la isla, y miré hacia el gran río, los maderos negros flotando y a lo lejos hacia el pueblo, a tres millas de distancia, donde había tres o cuatro lucecitas titilando.
Una balsa de madera descomunal iba a una milla río arriba, bajando con un farol en el medio. La vi acercarse sigilosa, y cuando estaba casi a la altura de donde yo parado me hallaba, le oí decir a un hombre: «¡Remos de popa, eh! ¡meted la proa a estribor!». Oí aquello tan clarito como si el hombre hubiera estado a mi lado.
Ya se veía un poco de gris en el cielo; así que me metí en el bosque y me acosté a echar una siesta antes de desayunar.