los dos a cuerazos!”
Pero Tom, él estaba tan orgulloso y dicharachero, que simplemente no pudo contenerse, y la lengua se le soltó —ella metiéndose y soltando chispas a cada rato, y los dos dándole al mismo tiempo, como una convención de gatos—, y ella dice:
“Bueno, disfruta todo lo que puedas ahora, porque te advierto que si te vuelvo a pillar molestándolo—”
—¿Meterme con quiénes? —dice Tom, borrando su sonrisa y poniendo cara de sorpresa.
—¿Con quién? Pues con el negro prófugo, claro. ¿Quién si no?
Tom me mira muy grave, y dice:
—Tom, ¿no acabas de decirme que estaba bien? ¿No se ha escapado?
—¿Él? —dice la tía Sally—;
¿el negro fugitivo? ¡Pues claro que no! Lo han vuelto a traer, sano y salvo, y está otra vez en aquella cabaña, a pan y agua, y cargado de cadenas, ¡hasta que lo reclamen o lo vendan!