—El sereno a tu abuela —digo—; aquí no hay nada que vigilar más que el puente y la caseta del timón; ¿y crees que alguien va a arriesgar la vida por un puente y una caseta de timón una noche como esta, con lo fácil que es que se desarmen y se los lleve el río en cualquier momento?
Jim no pudo contestar nada a eso, así que ni lo intentó.
—Y además —digo—, podríamos robar algo que valga la pena del camarote del capitán. Puros, te apuesto —y cuestan cinco centavos cada uno, dinero sonante. Los capitanes de vapores siempre son ricos, ganan sesenta dólares al mes y les importa un bledo lo que cueste algo, ya sabes, con tal de que lo quieran. Métete una vela en el bolsillo; no puedo quedarme tranquilo, Jim, hasta que la registremos de arriba a abajo. ¿Crees que Tom Sawyer pasaría de largo ante este trasto? Ni por todo el oro del mundo, que no. Lo llamaría una aventura, eso es lo que diría; y abordaría ese naufragio aunque fuera lo último que hiciera en su vida. ¿Y no le pondría estilo ni nada? —¿no se luciría ni un poquito? Vaya, creería que es Cristóbal Colón descubriendo el reino de los cielos. Ojalá Tom Sawyer estuviera aquí.
Jim renegó un poco, pero cedió. Dijo que no debíamos hablar más de lo estrictamente necesario, y entonces hablaron muy bajito. El relámpago nos enseñó el naufragio otra vez justo a tiempo, y alcanzamos la pluma de babor, y nos amarramos allí.
La cubierta quedaba muy alta por aquí. Fuimos bajando a hurtadillas por su pendiente hacia estribor, en la oscuridad, en dirección al texas, tanteando el camino despacio con los pies y abriendo los brazos para apartar los mamparos, pues estaba tan oscuro que no alcanzábamos a ver rastro de ellos. Muy pronto dimos con el extremo delantero de la claraboya y nos trepamos a ella; y al paso siguiente nos plantamos frente a la puerta del capitán, que estaba abierta, y ¡caramba, allá al fondo, a lo largo del pasillo del