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nydus/The Adventures of Huckleberry FinnPublic
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Capítulo XXXV

Vaya, creo que podríamos trabajar con una procesión de antorchas si quisiéramos. Ahora que caigo, tenemos que buscar algo para hacer una sierra a la primera oportunidad que tengamos.

“¿Qué queremos de una sierra?”

—¿Qué es lo que queremos de él? ¿Acaso no tenemos que serrar la pata de la cama de Jim para poder soltar la cadena?

—Vaya, si acabas de decir que uno podía levantar la estructura de la cama y quitar la cadena.

—Pues si será propio de ti, Huck Finn. Te las agencias para inventar las maneras más de párvulos de encarar un asunto. Vaya, ¿es que no has leído ningún libro en tu vida?, ¿ni al barón Trenck, ni a Casanova, ni a Benvenuto Chelleeny, ni a Enrique IV, ni a ninguno de esos héroes? ¿Quién ha oído jamás lo de soltar a un preso de un modo tan de solterona? No; la manera en que lo hacen todas las máximas autoridades es serrar la pata de la cama en dos, y dejarla tal cual, y tragarse el serrín para que no lo encuentren, y poner un poco de tierra y grasa alrededor del sitio serrado para que ni el senescal más avispado vea señal alguna de que está serrada, y se piense que la pata de la cama está de lo más sana. Luego, la noche en que estés listo, le das una patada a la pata, ¡pum, se viene abajo!; te quitas la cadena, y ya estás. No hay más que enganchar la escala de cuerda a las almenas, bajar deslizándote por ella, romperte una pierna en el foso —porque una escala de cuerda se queda corta por diecinueve pies, ya sabes— y ahí están tus caballos y tus fieles vasallos, y te recogen al vuelo, te tiran a una silla de montar, y arreando hacia tu Languedoc natal, o Navarra, o donde sea. Es una pasada, Huck. Ojalá esta cabaña tuviera foso. Si nos da tiempo, la noche de la fuga, cavaremos uno.

Yo digo:

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