un cenicero y una gran caldera para hervir jabón junto a la pequeña choza; un banco junto a la puerta de la cocina, con un cubo de agua y una batea; un sabueso dormido allí al sol; más sabuesos dormidos por los alrededores; unos tres árboles de sombra bien lejos en una esquina; unos arbustos de grosellas y espinas comecabras en un lugar junto a la cerca; fuera de la cerca, un huerto y un melonar de sandías; luego empiezan los campos de algodón, y después de los campos, los bosques.
Di la vuelta y trepé por elanquete trasero, junto al cenicero de la lejía, y me encaminé hacia la cocina. Cuando hube avanzado un poco, oí el leve zumbido de una rueca que subía lamentándose y volvía a bajar; y entonces supe de verdad que ojalá estuviera muerto, pues ese es el sonido más solitario del mundo entero.
Siguí derecho, sin hacerme ningún plan en especial, sino confiando simplemente en la Providencia para que me pusiera las palabras adecuadas en la boca cuando llegara el momento; pues había notado que la Providencia siempre me ponía las palabras adecuadas en la boca si la dejaba en paz.
Cuando iba por la mitad, primero un sabueso y luego otro se levantaron y se me fueron al humo, y por supuesto me paré y les hice frente, y me quedé quieto. ¡Y qué alboroto armaron! En un cuarto de minuto era una especie de cubo de rueda, por decirlo así —los rayos hechos de perros—, un círculo de quince de ellos apiñados a mi alrededor, con los pescuezos y las hocicos estirados hacia mí, ladrando y aullando; y seguían viniendo más; se los veía saltar cercas y doblar esquinas desde todas partes.