pequeña pila de leña, y puso el caballo delante para que le detuviera las balas; pero los Grangerford se quedaron a caballo y corretearon alrededor del viejo, acribillándome a balazos, y él les devolvía los disparos. Tanto él como su caballo regresaron a casa bastante agujereados y cojos, pero a los Grangerford tuvieron que llevarlos de vuelta a casa: y uno de ellos estaba muerto, y otro murió al día siguiente. No, señor; si uno anda por ahí buscando cobardes, más le vale no perder el tiempo entre esos Shepherdson, porque de esa clase no crían ninguno.
El domingo siguiente fuimos todos a la iglesia, como a tres millas, todos a caballo. Los hombres llevaron sus escopetas, Buck también, y las llevaban entre las rodillas o las apoyaban a mano contra la pared. Los Shepherdson hicieron lo mismo. Fue un sermón bastante ordinario —todo sobre el amor fraternal y otras monsergas por el estilo—; pero todo el mundo dijo que había sido un buen sermón, y lo estuvieron comentando de regreso a casa, y hablaron tanto y con tanta fuerza de la fe, las buenas obras, la gracia gratuita y la preforeordenación, y yo qué sé cuánto más, que a mí me pareció uno de los domingos más pesados con los que me había topado hasta entonces.
Más o menos una hora después de cenar, todo el mundo andaba cabeceando por ahí, unos en sus sillas y otros en sus cuartos, y aquello se puso bastante aburrido. Buck y un perro estaban estirados en la hierba al sol, profundamente dormidos. Subí a nuestro cuarto, y pensé que iba a echarme una siesta yo también. Encontré a la dulce señorita Sophia de pie en su puerta, que era la de al lado de la nuestra, y me metió en su cuarto y cerró la puerta muy despacio, y me preguntó si me caía bien, y le dije que sí; y me preguntó si haría algo por ella sin decirle nada a nadie, y le dije que sí. Entonces dijo que se había olvidado el Nuevo Testamento, y que se lo había dejado en el banco de la iglesia entre otros dos libros, y que si me