“El capitán me vio por ahí parado y me dijo que más me valía comer algo antes de bajar a tierra; así que me llevó al texas al almuerzo de los oficiales y me dio todo lo que quise”.
Me estaba poniendo tan inquieto que no podía prestar buena atención. Tenía la cabeza puesta en los niños todo el tiempo; quería apartarlos a un lado y sacarles información, para averiguar quién era yo. Pero no conseguía la oportunidad, la señora Phelps no paraba y seguía hable y hable. Al poco rato hizo que me recorrieran unos escalofríos por toda la espalda, porque dice:
“Pero aquí estamos corriendo de esta manera, y no me has dicho una sola palabra de la hermana, ni de ninguno de ellos. Ahora voy a descansar mis machinas un poco, y tú pon a andar las tuyas; cuéntamelo todo —cuéntamelo todo acerca de todos y cada uno de ellos; y cómo están, y qué están haciendo, y qué te dijeron que me dijeras; y hasta la última cosa que se te ocurra”.
Bueno, ya veo que estaba en un callejón sin salida, y bien metido en él. La Providencia me había respaldado hasta allí sin novedad, pero ahora estaba encallado de verdad y sin remedio. Vi que no servía de nada intentar seguir adelante; tenía que rendirme. Así que me dije a mí mismo que este era otro caso en el que tenía que jugármela con la verdad. Abrí la boca para empezar, pero ella me agarró, me metió a empujones detrás de la cama y dice:
—¡Ahí viene! Baja más la cabeza; eso, así está bien; ahora no te pueden ver. No dejes ver que estás aquí. Le voy a gastar una broma. Niños, ni una palabra.
Ya veo que ahora estaba en un buen aprieto. Pero no servía de nada preocuparse; no había otra cosa que hacer más que quedarse quietecito, e intentar estar listo para apartarse a tiempo cuando cayera el rayo.