y mi pobre corazón destrozado descansará”. Siguió frotando.
—Déjate de corazones probes y rotos —dice el calvo—; ¿a qué nos tiras tu pobre corazón roto a la cara? Nosotros no hemos hecho nada.
—No, ya sé que no lo han hecho. No les echo la culpa, caballeros. Yo mismo me he arruinado; sí, lo he hecho yo solo. Es justo que sufra, perfectamente justo, no me quejo.
—¿Bajarte de dóndecito? ¿De dónde te bajaron?
“Ah, no me creeríais; el mundo nunca cree—déjalo correr—, no importa. El secreto de mi nacimiento—”
—¡El secreto de tu nacimiento! ¿Querrás decir que—
—Caballeros —dice el joven, muy solemne—, se lo voy a revelar, pues siento que puedo tener confianza en ustedes. ¡Por derecho soy duque!
A Jim se le salieron los ojos de las órbitas al oír aquello; y supongo que a mí también. Luego, el calvo dice: