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Luego fuimos a vagabundear por el pueblo. Las tiendas y las casas eran casi todas casuchos de madera viejos, destartalados y resecos que jamás habían recibido una capa de pintura; estaban alzaos a un pie o tres del suelo sobre zancos, para ponerse a salvo del agua cuando el río se desbordaba.
Las casas tenían pequeños huertos alrededor, pero al parecer no se daba en ellos casi nada más que estramonios, y girasoles, y montones de ceniza, y viejos botines y zapatos retorcidos, y pedazos de botella, y harapos, y cacharros de lata inservibles.
Las cercas estaban hechas de distintos tipos de tablas, clavadas en diferentes épocas; se inclinaban hacia todos lados y tenían cancelas que por lo general no contaban con más de un gozne: uno de cuero. Algunas de las cercas habían sido blanqueadas con cal alguna vez, pero el duque dijo que con toda probabilidad en tiempos de Colón.
Por lo general había puercos en los huertos, y gente echándolos a patadas.
Todas las tiendas estaban a lo largo de una sola calle. Tenían toldos blancos de crea enfrente, y la gente del campo ataba sus caballos a los