Maldito seas, ahora ya veo por qué estabas tan ansioso por cubrir el deffisit: ¡lo que querías era quedarte con el dinero que yo había sacado del Nonesuch y de una cosa y otra, y apiñar todo!”
El rey dice, tímido y aún sorbiéndose los mocos:
—Pues, duque, fue usted el que dijo que cubriéramos el deffisit; no fui yo.
—¡Cállate la boca! ¡No quiero oír ni una palabra más de ti! —dice el duque.
—Y ahora ya ves lo que sacaste en limpio con eso. Tienen todo su dinero de vuelta, y todo el nuestro menos un par de cáscaras además. ¡Largo a la cama, y no me vuelvas a salir con más saliditas, mientras vivas!
De modo que el rey se metió a hurtadillas en el wigwam y recurrió a su botella en busca de consuelo, y al poco rato el duque embistió contra su botella; y así, en cosa de media hora, volvieron a hacerse uña y carne, y cuanto más borrachos se ponían, más cariñosos se volvían, y acabaron roncando abrazados el uno al otro.
Los dos se pusieron de lo más melosos, pero noté que el rey no se puso lo suficientemente meloso como para olvidarse de acordarse de no negar otra vez lo de haber escondido la bolsa de dinero. Eso me hizo sentir tranquilo y satisfecho.
Por supuesto, cuando se pusieron a roncar tuvimos una larga charla y se lo conté todo a Jim.