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nydus/The Adventures of Huckleberry FinnPublic
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Capítulo XX

ninguna luz hasta alejarnos bastante río abajo del pueblo. Al rato avistamos el grupito de luces —ese era el pueblo, ya saben— y pasamos de largo, a cosa de media milla de la orilla, sin novedad.

Cuando estábamos a tres cuartos de milla más abajo izamos nuestro farol de señales; y como a las diez se puso a llover y a soplar el viento y a tronar y a relampaguear de lo lindo; así que el rey nos mandó que nos quedáramos los dos de guardia hasta que el tiempo mejorara; entonces él y el duque se metieron en la choza y se acostaron a dormir.

Tenía la guardia libre hasta las doce, pero de todos modos no me habría metido en la cama aunque la hubiera tenido, porque uno no ve una tormenta como esa todos los días de la semana, ni mucho menos.

¡Dios mío, cómo aullaba el viento!

Y cada dos por tres venía un fulgor que iluminaba las crestas de las olas en media milla a la redonda, y se veían las islas que se veían medio polvorientas a través de la lluvia, y los árboles agitándose violentamente con el viento; luego se oía un ¡pumba! —¡paf! ¡paf! ¡pa-pa-paf-paf-paf-paf-paf!— y el trueno se iba alejando con un ronquido y un retumbo hasta apagarse, y entonces —¡zas!— venía otro relámpago y otro castañazo de padre y señor nuestro.

A veces las olas casi me tiran de la balsa, pero no llevaba ropa puesta y no me importaba. No tuvimos ningún problema con los troncos encallados; los relámpagos brillaban y centelleaban con tanta constancia que podíamos verlos con la suficiente antelación como para desviar la proa hacia un lado u otro y esquivarlos.

Me tocaba la guardia del medio, ya sabe, pero a esas alturas tenía bastante sueño, así que Jim dijo que haría la primera mitad por mí; siempre fue muy bueno en ese aspecto, Jim.

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