Luego se puso a trabajar con el negro, consolándolo y acariciándolo, y preguntándole si se había estado imaginando otra vez que veía algo. Él se enderezó, parpadeó mirando a su alrededor y dice:
—Mars Sid, dirá usté que soy un tonto, pero si no creyera que vi como un millón de perros, o diablos, o algo por el estilo, ojalá me muera aquí mismo en estas huellas. Sí vi, con todita seguridad. Mars Sid, los sentí... los sentí, señor; andaban por todo mi cuerpo. ¡Maldita sea, ojalá pudiera echarle mano a una de esas brujas tan solo una vez... tan solo una vez... es todo lo que pediría! Pero sobre todo ojalá me dejaran en paz, eso sí.
Tom dice:
“Pues bien, te diré lo que pienso. ¿Qué es lo que hace que vengan aquí justamente a la hora del desayuno de ese negro fugitivo? Es porque tienen hambre; esa es la razón. Házeles un pastel de bruja; eso es lo que tienes que hacer”.
—Pero, mi amo Sid, ¿cómo voy a hacerle un pastel de brujas? No sé cómo se hace. Jamás en la vida había oído mentar semejante cosa.
—Bueno, pues tendré que hacerlo yo mismo.
—¿Lo harás, cariño?, ¿lo harás? ¡Te adoraré el suelo quepisas, te lo juro!
—Está bien, lo haré, ya que eres tú, y has sido bueno con nosotros y nos has mostrado al negro fugitivo. Pero tienes que tener muchísimo cuidado. Cuando nos acerquemos, tú date la vuelta; y luego, lo que sea que hayamos puesto en la sartén, no vayas a dar a entender que lo has visto. Y no mires cuando Jim descargue la sartén; algo podría pasar, no sé qué. Y, sobre todo, no toques los trastos de brujas.
“¿Hannel ’m, Mars Sid? ¿De qué ’stá usté ’hablando? No le pondría el peso de un dedo ensima, ni por diez cien mill billones de dólares, no señor.”