—¡Gente para ayudarle, hermano Marples! Bueno, supongo que pensaría eso si hubiera estado en esta casa un buen tiempo. ¡Vaya! Si han robado todo cuanto han podido echar mano, y nosotros vigilando todo el tiempo, fíjese bien. ¡Le robaron esa camisa al mismísimo cordel! Y en cuanto a esa sábana con la que hicieron la escalera de trapo, no se sabe cuántas veces no la habrían robado; y harina, y velas, y candeleros, y cucharas, y el viejo calentador de cama, y casi mil cosas que ahora no recuerdo, y mi vestido nuevo de percal; y Silas y yo y mi Sid y mi Tom vigilando sin cesar día y noche, como le iba diciendo, y ni uno solo de nosotros pudo pillar rastro ni pelo ni vista ni sonido de ellos; y aquí, en el último momento, ¡vaya usted a ver!, se nos cuelan justo bajo las narices y nos toman el pelo, y no solo nos toman el pelo a nosotros, sino también a los ladrones del Territorio Indio, ¡y se largan con ese negro sano y salvo, y eso con dieciséis hombres y veintidós perros pegados a los talones en ese preciso instante! Les digo que esto supera cualquier cosa que haya oído en mi vida. Vaya, los espíritus no lo habrían hecho mejor ni habrían sido más listos. Y supongo que debían de ser espíritus, porque, ya sabe cómo son nuestros perros, y no los hay mejores; bueno, ¡esos perros jamás dieron con el rastro de ellos ni una sola vez! ¡Explíquenme eso si pueden!, ¡cualquiera de ustedes!
—Bueno, lo que se dice superar...—
“¡Válgame el cielo, yo nunca...!”
—Que me ayude Dios, yo no serí—
“Ladrones de casas, así como—”
—Válgameelcielosbenditos, a mí me abría dao mieo vivir en una—